Head Hunter


 Durma Angami era hijo de Durma Angami, que a su vez era hijo de Durma Angami y nieto y biznieto de Durga Angami, en una tradición milenaria que se remontaba a la noche de los tiempos, cuando el primer hombre (durma) habitó estos territorios y decidió que los Angami mandarían y los demás (phom), los sin nombre, obedecerían.

Como los dioses -un viernes por la tarde, cansados ya de la creación del mundo y sus cosas- habían hecho las leyes, no estaban los sin nombre para cuestionarlas ni los angami para discutirlas, así que pasaron tranquilamente unos seis mil años sin que ese orden perfecto se alterase mas que por las pequeñas cosillas de la vida diaria: que si te robo una vaca, que si te violo una esposa, que si me arañó un leopardo…

La implacable justicia impartida por el jefe, Durma Angami, solía concluir en la decapitación del culpable o, en su defecto, del denunciante y, en caso de duda, de ambos. La aldea Naga lograba así mantenerse en una calma aceptable y enfocar sus energías a combatir y capturar enemigos de las tribus vecinas que amenazaban con robarles sus vacas o sus esposas, o ambas y dejarles una enorme cagada frente a las chozas, lo cual se consideraba mucho más ofensivo que la pérdida de las hembras.

  N. del A.: Varios antropólogos coinciden en que la animosidad de los naga se debe a que son de mucha menor estatura que las otras tribus de la región, lo cual les causa tamaño complejo. Bajitos e irascibles, o sea, de muy mala leche, compensan lo que consideran una maldición divina reduciendo al prójimo. Son orgullosos cazadores y reductores de cabezas: los temibles head hunters.

   Sumemos a eso a que las hembras naga solían dejarse raptar sin excesiva resistencia por los mucho más apuestos y dotados enemigos Ao y Sumi y no derramar demasiadas lágrimas por sus menudos maridos phom. Las vacas, en su estupidez, se dejaban pastorear por cualquiera y terminaban en las voraces panzas de los unos o de los otros o atadas a un empalizado de una aldea que podría ser cualquiera. En realidad, aparte de dar leche y filetes, servían más como objeto de ostentación.

Mucho más bellas y generosas que la mayoría de las mujeres, las vacas mostraban la bendición de los dioses sobre algunas afortunadas familias. Y como caballero inglés que me considero, no hago esta declaración bajo el prurito de la misoginia victoriana de que se nos tacha, sino de manera honesta y objetiva. La mujer naga tiene tantas perforaciones que, llegado el momento, no sabría uno por dónde meterla, si por el lado derecho o el izquierdo de la calesa.

Pero permítanme contarles una anécdota de mi primer encuentro con la tribu naga:

Evidentemente, nunca habían visto un blanco o, al menos, no uno decente y bien vestido. Cuando llegué al poblado, las mujeres agarraron a los niños y huyeron despavoridas a lo más profundo de la selva. Reconozco que con las prisas había olvidado mi desodorante en Londres, pero lo sentí como una reacción descortés y a todas luces exagerada. Yo pensé que habían abandonado a los feos, pero resultaron no ser niños sino los guerreros de la tribu. El más aguerrido no superaba el metro cincuenta de talla, pero eso sí, hostiles y malencarados. Entre lanzas, flechas y palabras que hoy que conozco su lengua no me atrevo a reproducir, me condujeron ante el jefe.

Cuando salió de la choza, que yo hubiera confundido con mi perrera, los veinte o treinta vociferantes chiquilicuatro se tumbaron boca abajo en el suelo y masticaron la arena. Una voz estridente gritó ¡Durma Angami! y todos los cometierra corearon ¡Angami! ¡Angami!

El jefe no era mucho más grande, pero estaba decorado magníficamente con plumas y pinturas. No quiero imaginar lo que debe ser esperar a que se arregle para salir a cenar. Haciendo uso de mi larga experiencia como explorador por ignotos territorios, levanté mi mano derecha en son de paz, puse mi mano izquierda presta sobre el revólver e intenté con el primer dialecto de la región:

–          ¿Dekevas, Blas?

–          Ochenta –me responde el jefe en perfecto inglés-

Ya repuesto de mi sorpresa, durante la pantagruélica cena de criadillas de Sumi y licor de leche agria, me explicó que había estudiado administración de aldeas en Cambridge, que era webmaster de los durma y que tenía ochenta vacas y seis esposas. Que se sentía incomprendido por sus propios phom y que nunca lograría cambiar su mentalidad pastoril. Que nadie imagina lo dura que es la política y verse obligado a concentrar todos los poderes para ostentar una legítima democracia orgánica. Secó sus lágrimas con un brindis de leche agria diciendo “Todo para los phom, pero sin los phom”. Tuve un repentino deja vu y por un momento imaginé que prendería un grueso habano pero no, fue sólo mi imaginación alterada por el licor de requesón.

Siguiendo la tradición, me pasó un plato de maní, el cual agarré con la intención de saciarme del preciado jabugo de mono. Cuando lo tomé, sin darme cuenta me llevé de boca, y nunca mejor dicho, a la más joven de las esposas. Tenía el plato metido en el labio. Todos los presentes aplaudieron y la extravagante muchacha pareció sonreír. Claro que con semejante vajilla incrustada en el belfo, todas parecían sonrientes. La cosa es que no pude despegarme de la melosa negrita en toda la noche. Luego habría de enterarme que era un obsequio que no podía despreciar, so pena de engrosar la ingente colección de cabezas reducidas que adornaban la choza principal. Cuando nos retiramos, hice de tripas corazón y en la negra oscuridad no recuerdo lo que toqué o me tocó, pero creo haber dejado bien alta la enseña de Su Majestad. El Imperio exige sacrificios que un hombre de pro ha de saber aceptar con entereza así que, a esposa por noche, decidí concluir la visita al finalizar la semana, no sin antes regalarle una memoria USB de 4Gb al jefe, que pareció sumamente satisfecho.

El día de mi partida reunió al Kinder que tenía por tribu y entre el ruido de tambores y la frenética danza tetas al aire de las negritas me impuso un collar de prepucios enemigos y me nombró Head Hunter. El máximo honor: cazador de cabezas. Ahora, era uno de ellos ¿qué digo? El mejor de ellos, el orgullo de la tribu. Dejé correr una lágrima emocionada. Una sola. Recorrió la mejilla, se atoró en el mostacho, se secó y me dejó un sabor salado toda la mañana.

Pero el honor conllevaba una difícil misión: tenía que encontrar el mejor candidato para cuidar su corral de vacas. Estaba dispuesto a otorgar las mejores prestaciones, seguro dental y a sus seis esposas, pero mi tarea como head hunter era seleccionar al mejor entre los mejores, la crême de la crême, un mirlo blanco, un garbanzo de a libra y, sobre todo, con tolerancia a la frustración y dispuesto a pastorear bajo presión.

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